miércoles, 5 de enero de 2011

A VECES...


A veces los silencios ahogan al silencio,
a veces las fontanas se agotan y se callan,
a veces las sonrisas se apuran y se pierden,
a veces las miradas se quedan congeladas,
a veces los suspiros se envían a unos labios,
a veces los latidos se mueren y se apagan,
a veces los mayores no entienden a los niños,
a veces los poetas escriben con el alma,
a veces los jardines ocultan a las rosas,
a veces las heridas existen y no sangran,
a veces las gaviotas dormitan en el aire,
a veces los marinos disfrutan de la calma,
a veces las pasiones engendran más pasiones,
a veces la galerna da paso a la bonanza,
a veces los lamentos se pierden con el eco,
a veces los pañuelos enjuagan muchas lágrimas,
a veces las estrellas eclipsan a la luna,
a veces las ausencias son sombras que se marchan,
a veces la guitarra se queda enmudecida,
a veces los ausentes nos gritan y nos llaman,
a veces el vacío, produce más vacío,
a veces las tinieblas son densas telarañas,
a veces el nordeste nos besa y estremece,
a veces es la brisa quien llega en madrugada,
a veces, por la playa, se esfuman tantos sueños,
a veces con los sueños dormimos esperanzas,
a veces las razones no atienden a razones,
a veces las palabras se quedan en palabras,
a veces las promesas son frases y cumplidos,
a veces, simplemente, ¡vivimos para nada...!

Rafael Sánchez Ortega ©
04/01/11

martes, 4 de enero de 2011

PERSEGUÍA UNA SOMBRA EN LA ESCALERA

Perseguía una sombra en la escalera
el retazo de luz de una cerilla,
una rosa perdida en primavera
o aquel beso posado en su mejilla.

Sin embargo sentía la ceguera,
por no ver la preciosa maravilla
de ese mar, que llegaba a la ribera,
y a su lado la espalda y la toquilla.

Porque todo tenía su sentido,
y hasta el mar que venía tan calmado
se mostraba de pronto irreverente.

Él buscaba en la sombra aquel latido,
el suspiro del pecho tan amado,
y la luz que llegara hasta su frente.

Rafael Sánchez Ortega ©
04/01/11

FEBRIL ALGARABÍA...


Lucía el sol en la mañana
y saqué mis versos a secarse;
eran pequeñas rimas, diminutas,
humedecidas por las lágrimas
y el tiempo.
Parecían telegramas a las nubes
que salían del tendal
de los recuerdos.
Tú los mirabas absorta y en silencio
apurando el café y el cigarrillo.
Parecía como si me dijeras:
"sigue, sigue escribiendo
y escribe esas tonterías
que salen de las almas de los ciegos,
yo seguiré hilvanando pentagramas,
llenando corazones de remiendos,
cosiendo las estrellas una a una,
buscando la resaca de tu pecho".

***

Pero yo seguía en mi tarea,
ajeno a tus palabras y a tus dedos,
nervioso con el blanco crucigrama,
secando ese baúl de los recuerdos.

Sentí pasar al tren en la distancia,
creí latir la sangre del albero,
marchaba para un viaje sin retorno
dejando su pitido largo y seco.

Las nubes que pasaban saludaban,
sacaban su blancura y sus pañuelos,
decían "hasta siempre", en sus palabras
y luego se esfumaban con el viento.

Unas horas después, con Dios calmado,
por la oración paciente del ateo,
volví a mirar mis versos uno a uno,
y comprobé que al fín estaban secos.

Ya no tenían lágrimas difusas,
tampoco aquellas perlas de estraperlo,
ni tampoco la sal de unas pestañas
inquietas y nerviosas cual luceros.

Entonces recogí todas las prendas,
el sol ya calentaba y era fuego,
las rimas muy brillantes relucían
mostrando sus tesoros y sus versos.

***

...Tú me miraste a mi, sin odio y sin rencor,
sin nada dentro,
porque cuando aún me amabas todo
era más sencillo,
todo era diferente;
hablábamos de cosas sustanciales,
del tiempo,
del vecino,
de los niños del tercero que jugaban
en el patio por la tarde,
y hablábamos de nosotros,
de nuestras cosas y proyectos,
del viaje de fin de semana
en el puente de diciembre,
de las compras en el super,
de lo cara que es la vida
y hasta hablábamos del sexo y el amor
sobrentendido.

Pero eran otros tiempos y momentos,
entonces nos mirábamos de frente,
tú tomabas a mis manos con frecuencia,
yo tomaba con las mías tu cintura;
me besabas cada pronto y cada rato
con tus labios seductores
y, a la vez, yo te besaba desde el cuello
hasta los brazos, lentamente,
y escribía con mis dedos en tu cuerpo
unos versos virginales, muy sencillos
y carentes de lascivia,
mientras tú te estremecías.
Eran versos y palabras que salían de mi alma,
eran bellas mariposas que volaban,
y salían al jardín de tu inocencia,
entre rosas y entre lirios.

...Y ahora me encontraba aquí,
secando bajo el sol de la mañana,
¡tantas rimas olvidadas!,
¡tantas lágrimas cautivas!,
¡tantos sueños y proyectos!

Y te vi, te vi de nuevo amor.
Estabas resguardado y tembloroso
entre esos versos.
Estabas con el traje del juglar y tu locura,
tratando de hilvanar un mundo nuevo,
cosiendo como cosen las rederas, en el muelle,
y mirando más allá del infinito
con tus ojos seductores,
con tus ojos sin malicia,
con tus ojos que son míos.

...Y mirabas a mi alma, simplemente.

Rafael Sánchez Ortega ©
03/01/11

lunes, 3 de enero de 2011

TE RECUERDO SENTADA EN UNA SILLA...



Te recuerdo sentada en una silla
con el libro encantado de mis cuentos,
me mirabas y hablabas lentamente
y rozabas mi cara con tus dedos.

Yo seguía tus labios que me hablaban,
un sopor me invadía por el cuerpo,
era un manto de paz y fantasías
alejando fantasmas y los miedos.

A mi lado pasabas los minutos,
me arrullabas despacio, como el viento,
y dejabas la impronta de tu vida
en el marco tan lindo de mis sueños.

¡Cómo anhelo las noches ya lejanas
porque fueron el sello de aquel tiempo,
en que tú me guiaste en mi camino,
y me hiciste ser hombre, de pequeño.

Aún recuerdo los cuentos que narrabas,
Blanca Nieves y el bosque de los Elfos,
y también los piratas y vikingos
que arrasaban los mares y los puertos.

Pero siempre tenías la palabra
y también el abrazo tan sincero,
para darme la nota de cariño
y el calor tan materno de tus besos.

Sonaban las campanas de las once,
la hora convenida de los rezos,
y entonces la oración y la plegaria
mandaban nuestros labios hacia el cielo.

Por eso te recuerdo, madre mía,
y grita el corazón cuando te pienso,
sentada en tu sillita con el libro,
leyéndome los cuentos del cuaderno.

Estabas con tu moño recogido,
cansada del trabajo y ajetreo,
más siempre la sonrisa me ofrecías
y el brillo celestial de tus cabellos.

Tumbado y recostado en mi almohada
quedaba entre tus brazos, sin saberlo,
los brazos de la madre tan querida,
que ahora yo recuerdo en el silencio.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/11

domingo, 2 de enero de 2011

ERA UN SUEÑO...


Era un sueño de luz y fantasía,
una nota del arpa en el espacio,
una simple libreta y cartapacio,
un temblor de ilusión y fantasía,
con amor y rumores,
y una chispa brillante de colores.

Pero era también, veladamente,
una gota de agua secundaria.

Era pluma y papel, casi diaria,
recogiendo suspiros dulcemente,
que salían del fondo de mi pecho
a buscar ese mundo sin cadenas,
ese mar de sargazos, como lecho,
esa estrella que pasa en un instante,
esos cantos que emiten las sirenas
con su voz tan divina y de diamante.

Era sí, sin dudar, la mariposa,
con su dulce y alegre colorido,
quien buscaba ese néctar en la rosa,
y a la vez, en mi alma su latido.

Se estremecen los leños en el fuego
al purgar en el mismo su pecado,
son cenizas de amor y desapego
con la herida y dolor de mi costado.

Y despierto del sueño con un beso
y no sé si he vivido una locura,
hay resaca mezclada con dulzura
porque amo este sueño, ¡lo confieso!.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/11

SOÑÉ ROBAR EL CIELO DEL VERANO...


Soñé robar el cielo del verano
para llevar el mismo hasta el cuaderno,
pero al dudar mi ser, tembló la mano,
y se quedó ese sueño en el invierno.

Quería secuestrar aquel arcano,
robarle y regalarte el halo eterno,
sentirle con su beso tan humano
y su capa de anciano tan paterno.

Pero soñar, soñar, ¡cuánta utopía!,
el sueño es de poetas y dementes
abriendo la ventana a su locura.

Aunque robar el cielo es osadía,
metáfora de locos y de ausentes,
que buscan en el sueño la cordura.

Rafael Sánchez Ortega ©
01/01/11

sábado, 1 de enero de 2011

QUISO DIOS QUE BUSCARA TU ENVOLTURA...


Quiso Dios que buscara tu envoltura
y mis dedos las hebras de tu pelo
recorriendo, despacio y con mesura,
el cabello de fino terciopelo.

Y mis dedos buscaron tu cintura,
ese cáliz sabroso de tu cielo,
esos senos que avivan mi locura
y separo nervioso de su velo.

Más mi Dios no quería esa lujuria,
pero sí que robara la sonrisa
de tu pecho vibrante y tan bonito.

Y ayudado del viento, con su furia,
navegaron mis labios con la brisa
a robar tu sonrisa sin delito.

Rafael Sánchez Ortega ©
01/01/11